SOBRE BOLSAS, BOTELLAS Y BOTADEROS Imprimir

En las últimas semanas han sucedido dos hechos aparentemente ajenos el uno del otro, pero que tienen mucho en común. Por un lado la noticia de que el gobierno piensa gravar con impuestos llamados “verdes” a los automotores de alto cilindraje, así como a las bolsas y botellas plásticas. Pocos días antes, en Lago Agrio se reprimía con la fuerza pública a un grupo de pobladores de la Comunidad Recinto Puerto Rico, quienes impedían el ingreso de los carros recolectores al basurero municipal; los manifestantes exigían la reparación integral de su territorio afectado durante 14 años por un botadero a cielo abierto que recibe 300 toneladas semanales de residuos indiferenciados,

incluso biopeligrosos e industriales (1).

El rasgo que los une es el desecho y la justicia ambiental. Es indudable que las bolsas y botellas plásticas son un reflejo de una sociedad capitalista y de modos de producción y consumo insustentables. También son claramente una consecuencia de una política orientada a forjar el imaginario de modernidad, crear dependencia y a desarrollar una falsa figura de higiene y limpieza. El número de bolsas y botellas de basura que una sociedad fabrica, consume y desecha es un indicador claro de cuán desequilibrada se encuentra. A más carros, bebidas embotelladas y empaques de plástico, más enferma estará la sociedad. De la misma manera, más y mayores conflictos sociales y ambientales, alrededor del tema de la basura, son un indicador de que las políticas ambientales que se toman no son las más adecuadas para enfrentar este problema{jcomments on}

El debate en torno a este tema debe superar las cuestiones meramente impositivas o técnicas; sobre si la nueva tasa es para los carros de más de 3000 cc, que si el auto es híbrido o si el plástico tiene biodegradantes o no. La reflexión debe darse sobre lo que significa para una civilización petrolera el uso de automotores, de dónde vienen los plásticos, cómo se los fabrica y luego dónde se los deposita y qué impactos producen, a nivel local y global. La interacción entre la sociedad y la naturaleza se da de diferentes maneras, una de ellas es en términos biofísicos. Hay una permanente transferencia de energía y materiales entre las sociedades y la naturaleza. Esta manera de entender esta relación se la conoce como metabolismo social, haciendo una analogía a los sistemas biológicos. Así, los carros, los plásticos y la basura debe analizarse desde este punto vista.

Sabemos que los plásticos son uno de los miles de subproductos del petróleo, por lo que  mientras más carros y plásticos se fabriquen, más consumo de petróleo habrá. Nadie habla de la mochila ecológica de las bolsas y botellas plásticas. Es decir nos olvidamos -o no lo queremos decir- de todos los impactos en los lugares de extracción petrolera, la contaminación a lo largo de su transporte y refinación; la fabricación de plásticos consume energía y agua en ingentes cantidades y genera cantidades exorbitantes de residuos nocivos. Y una vez que estos son dispuestos, generan nuevos procesos de contaminación.

En este punto es justo reconocer el trabajo de los recicladores y recicladoras, mismo que ha sido subvalorado e invisibilizado, pero que tiene una doble importancia. De acuerdo a Neil Tangri de GAIA, cuando se reciclan los materiales desechados, éstos proveen a la industria de una fuente alternativa de materia prima para fabricar nuevos productos, lo que resulta en una disminución en la demanda de materia prima [...], y por otro lado reduce las emisiones de GEI [gases con efecto invernadero] y las emisiones de contaminantes tóxicos de las instalaciones de disposición final de residuos (los incineradores de residuos emiten dióxido de carbono (CO2) y óxido nitroso (N2O); y los rellenos sanitarios y basureros son fuente primaria de metano (CH4), así como de CO2) (2).. Sin embargo, en lugar de favorecer el trabajo de las y los recicladores, se promueve la mercantilización del desecho. En estos casos, no se priorizan los procesos de reducción  porque priman las tecnologías de eficiencia energética en las que la basura se convierte en una “mercancía”, regida por las mismas leyes del mercado:  a mayor producción de basura, mayores ganancias. Esta es quizás la expresión más suicida del capitalismo.

La recolección, disposición y el manejo de residuos es un servicio ambiental, que debe ser público, que garantiza el derecho a un medio ambiente sano. Sin embargo, en la actualidad a nivel local y global, nos encontramos con alternativas mágicas para desaparecer el problema de los desechos lo que incluye su vinculación con las falsas soluciones al cambio climático como son los Mecanismos de Desarrollo Limpio (MDL). Esto significa cobrar por enterrar e incinerar la basura (lo que incluye la gasificación, pirólisis y el combustible derivado de desechos), entregando permisos para contaminar, todo bajo la lógica del mercado, que es en última instancia quien define los materiales que se reciclan, en qué se transforman o si es más rentable incinerarlos o enterrarlos.

No es consecuente promover un impuesto “verde” si al mismo tiempo no se promueve la justicia ambiental. De hecho al respecto se presentan contradicciones evidentes. Mientras se pretende mostrar una imagen ecológica, se sigue ampliando la frontera petrolera, se piensa construir una petroquímica y se sigue promoviendo los botaderos de basura ubicados en comunidades empobrecidas, afroecuatorianas, campesinas o indígenas.  Se requieren procesos verdaderamente revolucionarios que comprendan que la crisis ecológica actual requiere alternativas estructurales, no medidas paliativas o impuestos ciudadanos ingenuos o cómplices de la irresponsabilidad empresarial e industrial.

La “Responsabilidad Extendida del Productor” significa que las empresas que fabrican y/o comercializan productos o envases, que afectan negativamente al medio ambiente, se hagan responsables financiera o físicamente de aquellos productos una vez agotada su vida útil. Los fabricantes y grandes usuarios de bolsas y botellas plásticas deben asumir su responsabilidad al estar produciendo elementos dañinos y tóxicos para los seres humanos y la naturaleza. No se puede delegar esta responsabilidad al consumidor ni a los municipios para que se hagan cargo del problema. Si las empresas tuvieran que pagar por la gestión de los productos una vez agotados, tendrían un incentivo para fabricar artículos más duraderos, fáciles de reciclar y que no contuvieran sustancias químicas tóxicas (3).

El problema básico de los impuestos “verdes” es que, aunque pueden ser un incentivo o desincentivo a la fabricación o uso de ciertos productos, resultan ser un tipo de mecanismo de mercado que por sí solos no pueden enfrentar jamás los problemas ambientales que son estructurales. Este tipo de medidas no son la mejor solución. 

Ante un problema semejante, otras propuestas deben surgir.  Una de ellas es la iniciativa BASURA CERO, que propone que los residuos entren de nuevo en el metabolismo de la sociedad y del medio ambiente. Debemos avanzar hacia una producción limpia y que respete los derechos humanos y de la naturaleza. Debemos escapar de la producción de materiales tóxicos, y que no son reutilizables ni reciclables. Esto implica también trabajar en función de la soberanía energética y alimentaria, entre otras medidas.

Y para ser consecuentes, es importante seguir avanzando hacia sociedades libres de petróleo, a través de iniciativas como la de dejar el crudo en el subsuelo. Por eso, si queremos menos autos, menos bolsas y botellas plásticas, debemos al mismo tiempo apoyar seriamente propuestas como el dejar el petróleo en el subsuelo del Yasuní.

Acción Ecológica

(1) Acción Ecológica: Alerta Naranja No. 4. SOBERANÍA ENERGÉTICA+ SOBERANÍA ALIMENTARIA = BASURA CERO.   Mayo 2011.
http://www.accionecologica.org/images/2005/alerta%204.pdf
(2) Tangri, Neil. GAIA: Respeto a los recicladores. Protegiendo el clima a través de basura cero. Basura Cero para Calentamiento Cero. www.no-burn.org
(3) Acción Ecológica. Obra citada.


Quito, 13 de junio del 2011

Más información:
Fernanda Soliz
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