Con gran expectativa se vive la Cumbre de Cochabamba. Después de las sórdidas negociaciones de Copenhague, la falta de compromisos y la intención de continuar exportando al Sur los costos de la crisis ambiental, Cochabamba se perfiló como una respuesta de dignidad y soberanía desde los pueblos.
Están presentes delegaciones de pueblos, intelectuales comprometidos con el cambio, organizaciones de defensa de los derechos humanos y de la naturaleza. En las declaraciones que circulan todos hablan del sumak kawsay, de los derechos de la naturaleza, de justicia climática, de la deuda ecológica. Sin duda se ha dado un salto.
Sin embargo, llama la atención la ausencia de discusiones sobre las industrias extractivas -petróleo, carbón, gas, minería- y los megaproyectos. Por estrategia o por táctica se manifiesta un rechazo a enfrentar directamente estos temas a pesar de que condicionan no sólo los derechos de los pueblos y sus territorios, sino la soberanía de los países.