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La Economía Verde por dentro – Promesas y Trampas

Fundación Heinrich Böll

Repensar la economía es una tarea de importancia vital porque la visión que tenemos de lo que significa una buena vida y los modelos económicos con que buscamos conseguirla están totalmente disociados. Los mercados financieros son inestables, las desigualdades agobian incluso a las sociedades más ricas, los conflictos por recursos amenazan la estabilidad política y el espectro del cambio climático y pérdida de biodiversidad se ciernen amenazadoras sobre nuestro futuro.
En este contexto de incertidumbre aparece la “economía verde”: una forma de pensar la economía que se supone toma en consideración al ambiente, con la promesa de transformar la manera como enfocamos la naturaleza y el capital. Una visión que busca colocar nuevamente a las personas y el planeta en el centro de la economía. Economía verde fue la terminología que con entusiasmo adoptaron las Naciones Unidas previo a la Conferencia de Rio+20 en 2012.
Sin embargo, algo sucedió y la idea quedó desvirtuada. En una estrategia dudosa que buscó atraer a la mesa de discusión a actores financieros de alto perfil, las Naciones Unidas hicieron público su informe Hacia una economía verde, afirmando que la “economía verde crece con mayor celeridad que la marrón”. Los científicos cuestionaron la evidencia de esa afirmación y las naciones del G77 se opusieron a ella por considerarla una incursión más de los intereses occidentales en los asuntos de los países pobres. Los activistas ambientales y de movimientos sociales se distanciaron de las interpretaciones corporativas de la economía verde.
Incluso antes que los delegados arribaran a Rio de Janeiro la promesa transformadora de la economía verde se esfumó en medio de la desconfianza y las desavenencias. Este primer análisis, amplio y en profundidad del concepto y prácticas de la economía verde –inicialmente publicado en alemán– busca elucidar las razones de esta desconfianza y volver a inyectar vida al debate transformador que algunos de quienes lo propusieron originalmente buscaban promover.

En el centro mismo de este empeño debe descansar una comprensión más profunda de lo que significa para los seres humanos prosperar en un mundo con límites ambientales y sociales. El valor fundamental del modelo prevaleciente –según el cual tener más nos hará más felices–ha fracasado estrepitosamente en cumplir con su promesa, incluso en los países occidentales más ricos.
La economía moderna equipara la felicidad con el ingreso, es cosa de sentido común considerar que más es siempre mejor, y es este mito que sostiene la economía basada en el crecimiento y motiva adherirse al orden establecido. Se considera que entre más tengamos en términos monetarios nos encontraremos mejor. En todo el mundo, el capitalismo avanza buscando nuevos mercados para nuevos productos: un permanente deshacerse de lo viejo en favor de lo nuevo y la intromisión del mercado en áreas cada vez más personales de nuestras vidas. En un inicio, este proceso fue inmensamente productivo, y aunque desembocó en avances sin precedentes en nuestros niveles de vida reales todavía hay lugares donde esta mejora se necesita desesperadamente.
Pero, para mantener constante este proceso incluso en las economías más ricas, el sistema exige que la gente se mantenga enganchada a las cosas, lista a pedir crédito y gastar –incluso hipotecando su propio futuro financiero si es necesario– de manera que le sea posible seguir consumiendo.
Aquí es donde las cosas comienzan a venirse abajo, pues la continua expansión lleva al agotamiento de recursos, que a su vez lleva a exacerbar nuestro impacto en el planeta. Ir en pos de la prosperidad a través de posesiones materiales solo puede llevarnos con mayor rapidez al desastre; ir en pos de una felicidad así, solo puede conducirnos a una profunda infelicidad en el largo plazo. O, para no hacer el cuento largo, nuestra idea de progreso social no solo es insostenible, es de suyo inconsistente.
En efecto, si la visión en sí misma tuviera coherencia, si la única ruta a una mayor prosperidad realmente fuese una mayor afluencia material, definitivamente tendríamos una perspectiva poco alentadora de mayor progreso social. Tendríamos que aceptar un mundo donde solo unos cuantos acceden a la prosperidad a costa de la mayoría, y únicamente para las presentes generaciones a costa de las generaciones futuras. Si no luchamos contra la malevolencia de esa deidad, nos veremos condenados a una amarga lucha por el dominio sobre los recursos disponibles y, finalmente, retroceder a la barbarie.
Sin embargo, al hacer un análisis más cuidadoso, esta imagen de una humanidad vista como horda insaciable consumidora de lo novedoso es incompleta cuando no profundamente inexacta. Resulta que, con mucha frecuencia, incluso los economistas no creen en ella. La buena noticia es que no tenemos que cambiar radicalmente la naturaleza humana para alcanzar una prosperidad duradera; la mala es que el modelo económico en sí mismo sigue estando profundamente fuera de control.
Originalmente, el propósito de la economía verde fue abrir un espacio político para que se diera una discusión más profunda. Pero como tal, y como se argumenta en este libro, dicha discusión tiene que trascender una mera “economización” de la naturaleza y la búsqueda de respuestas tecnológicas rápidas; tiene que resistir ante los intentos de la élite de proteger el orden establecido. Ante ello, debe participar con firmeza en la política del poder, del género, la clase, la cultura; tiene que establecer una nueva “ecología política” y participar ampliamente en la formulación de una nueva y más profunda agenda para el cambio. Hoy más que nunca resulta clara la pertinencia de esta tarea.

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